Azulañilyvioleta, o de por qué el añil se plañe
En mi familia tenemos echada a perder la memoria. He visto a mi padre olvidar uno tras otro sus cumpleaños y sé de una charla en la que mi madre, ex roja de las de adeveras, preguntó ofuscada: “…ése, el barbón que escribió El Capital, ¿cómo se llama?” Hoy encontré un viejo mapa lleno de taches y anotaciones en mi letra, al margen, del tipo: al regreso evitar esta caseta y bajar por el caminito azul. Quedo en blanco: ¿de verdad? ¿fui yo quien manejó desde Amberes hasta Gante? No recuerdo una sola de las curvas. Para consolarme, pienso en las cosas que nunca olvido. Son pocas pero estables. Son puros juegos nemotécnicos. El tipo de trucos que enseñaban en mi casa. SALIGEP es una palabra-sigla que nos inculcó la bisabuela: cada letra indica un pecado capital. Siempre aprobé los exámenes con artilugios como: Si el culo del mundo es el infierno, entonces Fin-landia – Hell-sinki; o bien a base de ritmo, con cantaletas. Estaban las preposiciones, los planetas, los abecedarios, los siete colores del arco iris. Sería en primero de primaria: la maestra extrajo un prisma o un espejo, y elaboró la magia de descomponer la luz. Luego nos hizo repetir muchas veces: rojo naranja amarillo verde azul añil y violeta. Una cantaleta no se piensa, cuando uno arranca ya no para: a ante bajo cabe con… uno jamás se detiene so pretexto de que qué rara suena esa preposición. Bajo el arco, a medio vuelo entre la lluvia y el cielo, uno no se pregunta qué carajos es el añil. ¿Qué carajos es el añil? El diccionario, como la maestra, propone: tonalidad que se encuentra entre el azul y el violeta en el espectro solar. Wikipedia enfatiza: el añil corresponde a una longitud de onda de la luz de 4500 a 4770 Å… A mí eso no me dice nada. Nada. Insisto en internet. Hay una revista, un disco, una plaza. "Añil" es también un nombre de mujer. Y un pescado comestible. Y una planta que tiñe. Es el color del sexto chakra y se le otorgan múltiples virtudes curativas. Ok, pero, ya en serio: ¿es morado o es azul? Le pregunto a la gente y no saben decirme. “Es añil” contestan los más picudos. Y entonces me invade la angustia de lo indefinible. Me preocupo por el añil, tan incomprendido. Todo en él remite a la acción misma del plañirse. Está agobiado y perdido y no lo entiende nadie. Tiene complejo de sandwich. Su hermano mayor es la tristeza: acuña las saudades anglófonas mejor musicalizadas. Y su hermana menor posee la virtud de calentar el mundo y quemar la piel. Cómo no va el añil a doblegarse, atorado para siempre entre semejantes eminencias. Y es quizás por eso que el añil hace presencia sólo algunas tardes, cuando ha parado de llover y el sol sale. Luego se agota, o se esconde, o se apacigua. Es el matiz de la timidez. El añil es el menos pretencioso de todos los colores: sólo él hace honor a lo que un color es. Con humildad, el añil sabe que sólo existe como la sensación producida por cierta longitud de onda en los ojos de alguien. Nada más. El añil se da y no se expande: se sabe efímero. Es un color para quien tenga echada a perder la memoria. Se pierde en la noche y se le recuerda hasta el próximo arco iris. Defino: el añil es una carretera torcida, trazada por impulso en el mapa de lo que habremos de olvidar.
